martes 14 de abril de 2009

All you need is love.


No es mi culpa, el piso se congela porque no estás. Las entrañas están revueltas dentro del refrigerador, cuando te asomes otra vez estarán cubiertas del hielo que previste. Se envuelven las manos en la ropa y, a pesar de cualquier intento, el frío se adentra en el hilo y en la carne y en los huesos. Todo está lleno.

A la vida le falta libertad. Cuando ella llegue la estaré esperando con un coctel infinito lleno de placeres y tardes en una playa gris de invierno, de arenas cálidas, tomaremos con las dos manos las tazas y beberemos té mientras se pierde la línea del mar y del cielo. La libertad que espero demora…

Todo es tan confuso ahora. Las dimensiones se confunden porque la gente mira el piso y se pierde en el cemento, tan frío el cemento, tropiezan con ellas mismas, con sus voces sin eco, se dejan deshacer por quienes les miran y se construyen en función de aquello, noche tras noche, día tras día, apareciendo nuevos para ser cuestionados cuando caminan por las aceras plagadas de vidas que se preparan para lo mismo. Una mirada basta y no quiero que sigas, no me mires, no. Déjame en paz, mañana todo será distinto -y cuando ya han dejado de hacerlo, entonces queda una voz en la cabeza dando vueltas- todo está bien, ya pasó lo peor. Y se repite por causa viciosa el círculo sin ánimos de acabar y todo queda igual, llenando los espacios de reconstrucciones inútiles que recaen en la triste verdad de la soledad. La libertad, sin embargo, me permite no sentirla; en el fondo somos tan independientes que está permitido elegir si quieres depender o no.

Yo tengo los ojos grandes y me permito observar. Los abro hasta que se cansan los párpados e intento capturar por un segundo eterno la inmensidad de lo que veo, todo lleno de energía, con sus vidas propias, todo en movimiento constante y coordinado, la armonía, la perfección… A veces me pierdo e invento cosas que no existen, a veces la realidad no es lo que se necesita y la lógica se vuelve inútil. Tanto lo material como lo que no lo es se incrusta en los poros hasta atravesarlos, entra y no sale. Lo que está siendo capturado no juzga y es por eso que la libertad es suya y la merece, a pesar del sufrimiento que le causa. Me pertenece tanto como nadie – o a todos, dependiendo del punto de vista –, y yo la acuso de indiferente.

Una oleada del aire de tu pelo me llega repentina. Significa que comienza el invierno nuestro, con vientos fuertes, renovadores, amables y vienen las lluvias que nos lavan la carne y devuelven el alma. Con mi cuerpo pegado al tuyo te pregunto si deseas caminar conmigo y antes de cualquier respuesta desaparezco.

Es cuando me buscas, me encuentras y me pones la bufanda… rápido me das la mano y la sonrisa es lo que esperaba. Mi libertad te pertenece, así como el invierno que nos une. Es toda la inmensidad la que nos une. A pesar de tiritar por el frío que angustia al lugar nos encontramos felices, tirados en la arena blanca yo acostada en tu estómago mientras tu me cuentas algo que soñaste la noche anterior. Ahí viene la ola que nos lleva.

viernes 6 de febrero de 2009

Diez

La sensación del crujir de las hojas cuando las pisas.
El aroma del otoño bañándote las entrañas. Uno, dos, tres; cuenta conmigo. Se vienen tiempos díficiles y es necesario que te alejes del viento frío, ese que te nubla la vista, alejate mientras arrace a los que nos quedamos. Nos es valentía, tiene un nombre que algún día conocerás.
Aprovecha de llevarte contigo los recuerdos, esos son tuyos.
Cuatro, cinco. Se acerca, no hay tiempo. Seis, pisa las hojas antes de que la lluvia las moje y no suenen más, el sonido del crujiente recuerdo se quedará retumbando en tu mente, siete, ocho, huele. El olor del otoño, con su amarillo envolvente, olor a humedad que trae el viento de la mañana. Nueve ¿Qué haces aquí todavía? Si te empujo es porque sé que no lo harás sólo. Cuando el huracán te toque sabrás que estamos a salvo.
Diez. Adiós.

viernes 14 de noviembre de 2008

Fue cuando descrubí lo mucho que me gustaba el viento en la espalda.

Había un edificio gigante, de esos que se acostumbra a ver en todos lados, que cubría el sol. Sin embargo el calor se hacía insoportable. Una ráfaga de sudor me bailaba dentro de los órganos y estaba dispuesta a quitarme la piel para sobrellevarlo.

Insolación, insolación. No había un puto negocio abierto en esa ciudad de mierda. Estaba irritada, no encontraba solución alguna.

Tu vida insípida, como alguien dijo una vez. Tu vida escuálida me dijeron también, pero nadie se imagina lo morbido que puede llegar a ser el calor de una ciudad en llamas. Se quemaba conmigo adentro y nadie se podía imaginar el ahogo que sentía de estar dentro de algo tan magnánimo y odioso a la vez. Si hubiese sido otra persona, todo sería distinto y yo contaría nada.

Realmente no era una ciudad lo que se quemaba, y bien deberías saberlo. No es que quiera engañar a alguien, pero... no hay más formas de decirlo. Se quemaba una ciudad y yo estaba adentro. Es la historia y punto. PUNTO. Me rodeaba el fuego, unas lenguetas calientes alrededor de la cintura y mientras se movían me hacían cosquillas... de nervios gritaba y movía el cuerpo, lo que hacía la tarea más fácil. Todo estaba en mi contra. Y fue cuando descubrí lo mucho que me gusta sentir el viento en la espalda desnuda; me imaginaba lejos de esa ciudad en llamas arriba de todo, de todos. de brazos abiertos, lanzada ya sin más a la vida, sin esperar algo. De brazos abiertos con el viento en la espalda que esta desnuda. En cambio estaba ahí llena de rojo y sudor y vapor y humo espeso y desagradable con ansias de un vómito pútrido que se encargara de empeorar la situación, si es que se puede.

Yo no sé, realmente. Esta página está muerta y es lo que quise decir siempre. Me quemó, me quemó... y como me gustaría que no fuese así. Si me fui con ella, me encargaré de hacerlo bien.
Al fin y al cabo, la gente nunca lee.