Parece que fueran siglos los que lleva congelada dentro de ese cuerpo inerte; movió sus brazos, intentando demostrar de alguna forma que el hielo estaba por dentro, estaba con ella. Se oscureció el día. Tenía ganas de dormir profundamente, como cuando el tiempo se detenía cuando cerraba los ojos, cuando los sueños se confundían con la realidad indolente. Se tocó las manos y sintió como el gélido roce le congelaba los dedos.
Frío, se ondulaba y caminaba por las calles, avenidas, entraba en los cafés,a los centros comerciales. Entró, un día incierto, en sus ojos de miel, dulces, tan dulces como ella acurrucada a un lado del fuego, donde las gotas pegando en el techo formaban una sinfonía incansable. A un lado, junto al fuego, que le humeaba la cara con su infinita arrogancia; sin embargo, ella no lo nota. Paróse rápidamente al sentir el estruendo de una carcajada burlona. Intercambio de miradas incisivas y filosas (nunca cortantes) en el transcurso continuo de dos segundos trágicos que se dejaron reflejar en la miel de sus ojos.
La silueta le pesaba en la mente. Se escondía de ella, no obstante, la incitaba a una sangrienta lucha sempiterna. Y ella la buscaba, más que por cualquier otra cosa, por la absurda necesidad de observar sus formas y movimientos de manera nítida. La seducía el misterio, como siempre, y, esta vez, se dejaba llevar, se dejaba fundir. Y mientras se derretía, una mano le rozaba los dedos, descongelándolos por algunos instantes…
Frío, se ondulaba y caminaba por las calles, avenidas, entraba en los cafés,a los centros comerciales. Entró, un día incierto, en sus ojos de miel, dulces, tan dulces como ella acurrucada a un lado del fuego, donde las gotas pegando en el techo formaban una sinfonía incansable. A un lado, junto al fuego, que le humeaba la cara con su infinita arrogancia; sin embargo, ella no lo nota. Paróse rápidamente al sentir el estruendo de una carcajada burlona. Intercambio de miradas incisivas y filosas (nunca cortantes) en el transcurso continuo de dos segundos trágicos que se dejaron reflejar en la miel de sus ojos.
La silueta le pesaba en la mente. Se escondía de ella, no obstante, la incitaba a una sangrienta lucha sempiterna. Y ella la buscaba, más que por cualquier otra cosa, por la absurda necesidad de observar sus formas y movimientos de manera nítida. La seducía el misterio, como siempre, y, esta vez, se dejaba llevar, se dejaba fundir. Y mientras se derretía, una mano le rozaba los dedos, descongelándolos por algunos instantes…