domingo, 22 de julio de 2007

Parece que fueran siglos los que lleva congelada dentro de ese cuerpo inerte; movió sus brazos, intentando demostrar de alguna forma que el hielo estaba por dentro, estaba con ella. Se oscureció el día. Tenía ganas de dormir profundamente, como cuando el tiempo se detenía cuando cerraba los ojos, cuando los sueños se confundían con la realidad indolente. Se tocó las manos y sintió como el gélido roce le congelaba los dedos.
Frío, se ondulaba y caminaba por las calles, avenidas, entraba en los cafés,a los centros comerciales. Entró, un día incierto, en sus ojos de miel, dulces, tan dulces como ella acurrucada a un lado del fuego, donde las gotas pegando en el techo formaban una sinfonía incansable. A un lado, junto al fuego, que le humeaba la cara con su infinita arrogancia; sin embargo, ella no lo nota. Paróse rápidamente al sentir el estruendo de una carcajada burlona. Intercambio de miradas incisivas y filosas (nunca cortantes) en el transcurso continuo de dos segundos trágicos que se dejaron reflejar en la miel de sus ojos.
La silueta le pesaba en la mente. Se escondía de ella, no obstante, la incitaba a una sangrienta lucha sempiterna. Y ella la buscaba, más que por cualquier otra cosa, por la absurda necesidad de observar sus formas y movimientos de manera nítida. La seducía el misterio, como siempre, y, esta vez, se dejaba llevar, se dejaba fundir. Y mientras se derretía, una mano le rozaba los dedos, descongelándolos por algunos instantes…

domingo, 1 de julio de 2007

Nerviosa, de tanto temblar y tambalear cayóse sobre la sombra de un seudovidente ególatra, quien la miró repetidas veces sin palabras pronunciar... Cayóse, dijimos, y no se levantó hasta que el sol había dado la vuelta. Nada la obligaba a ponerse de pie, nadie había que le tirara de las manos y la obligase a ponerse de pie. Entonces esperó que los rayos la cubieran para poder recoger las fuerzas que, al chocar su cuerpo y el suelo, dejó ir esparramadas casi mezclándose con el cemento. Luego de levantarse miró a sus alrededores el paisaje que la acompañaba y nada odió más que ver árboles y vegetación, burlándose descaradamente de su flaqueza y poco equilibrio; no quiso intimidarse, asi que corrió a tropezones a esconderse en las faldas de su madre, la que se reía de soslayo...
Antes la luz pasaba, no se quedaba dormida entre las frondosas ramas que, llenas de hojas (verdes las hojas), le impedían esclarecer. Antes la luz se necesitaba; disfrutábamos con los atardeceres sin sol, las mezclas de colores grices, los matices marcados y enormemente estéticos. Antes la vida era... era...
Nos conformamos con encender la ampolleta, con calentarnos con gas, nos conformamos con modernos aparatos que nos facilitan la existencia, apartando la simpleza y su encanto. Haciéndole el quite a tal punto de dejarla completamente obsoleta en el mundo; ¡Oh, que tristeza!
Yo prefiero mirar los montones de tierra, descubrir sus formas y su estilo de belleza, prefiero ver como se filtra la luz natural en las ramas secas, seguir sus líneas hasta que se transforman en cielo, se hacen parte de el cielo grisáceo. Que desaprovechadas tenemos las cosas pequeñas.
Mira. Ahora vulve a mirar. Siempre.