domingo 1 de julio de 2007

Nerviosa, de tanto temblar y tambalear cayóse sobre la sombra de un seudovidente ególatra, quien la miró repetidas veces sin palabras pronunciar... Cayóse, dijimos, y no se levantó hasta que el sol había dado la vuelta. Nada la obligaba a ponerse de pie, nadie había que le tirara de las manos y la obligase a ponerse de pie. Entonces esperó que los rayos la cubieran para poder recoger las fuerzas que, al chocar su cuerpo y el suelo, dejó ir esparramadas casi mezclándose con el cemento. Luego de levantarse miró a sus alrededores el paisaje que la acompañaba y nada odió más que ver árboles y vegetación, burlándose descaradamente de su flaqueza y poco equilibrio; no quiso intimidarse, asi que corrió a tropezones a esconderse en las faldas de su madre, la que se reía de soslayo...