viernes, 14 de noviembre de 2008

Fue cuando descrubí lo mucho que me gustaba el viento en la espalda.

Había un edificio gigante, de esos que se acostumbra a ver en todos lados, que cubría el sol. Sin embargo el calor se hacía insoportable. Una ráfaga de sudor me bailaba dentro de los órganos y estaba dispuesta a quitarme la piel para sobrellevarlo.

Insolación, insolación. No había un puto negocio abierto en esa ciudad de mierda. Estaba irritada, no encontraba solución alguna.

Tu vida insípida, como alguien dijo una vez. Tu vida escuálida me dijeron también, pero nadie se imagina lo morbido que puede llegar a ser el calor de una ciudad en llamas. Se quemaba conmigo adentro y nadie se podía imaginar el ahogo que sentía de estar dentro de algo tan magnánimo y odioso a la vez. Si hubiese sido otra persona, todo sería distinto y yo contaría nada.

Realmente no era una ciudad lo que se quemaba, y bien deberías saberlo. No es que quiera engañar a alguien, pero... no hay más formas de decirlo. Se quemaba una ciudad y yo estaba adentro. Es la historia y punto. PUNTO. Me rodeaba el fuego, unas lenguetas calientes alrededor de la cintura y mientras se movían me hacían cosquillas... de nervios gritaba y movía el cuerpo, lo que hacía la tarea más fácil. Todo estaba en mi contra. Y fue cuando descubrí lo mucho que me gusta sentir el viento en la espalda desnuda; me imaginaba lejos de esa ciudad en llamas arriba de todo, de todos. de brazos abiertos, lanzada ya sin más a la vida, sin esperar algo. De brazos abiertos con el viento en la espalda que esta desnuda. En cambio estaba ahí llena de rojo y sudor y vapor y humo espeso y desagradable con ansias de un vómito pútrido que se encargara de empeorar la situación, si es que se puede.

Yo no sé, realmente. Esta página está muerta y es lo que quise decir siempre. Me quemó, me quemó... y como me gustaría que no fuese así. Si me fui con ella, me encargaré de hacerlo bien.
Al fin y al cabo, la gente nunca lee.

martes, 15 de julio de 2008

{¿Y si me miras y tus ojos no me tocan? Y mis delirios te bañan y te ahogan. Sabíamos que sería difícil, pero aceptamos correr los riesgos. Sube al tren, sube. Disfruta lo que queda de esto que nos quema en un silencio que marea y borra. Borra tus manos, tus pasos, tus trazos en la hoja blanca de un cuaderno usado; la antigüedad brota suave y ligera e imperceptiblemente se deja enredar entre las piernas y las letras y la tinta y la sombra. Aguda la sombra que se cimenta y crece y desenvaina sus oscuridades dentro de los oídos de un pasado inestable ¡QUE IRRISORIA TU SILUETA! ¡que ironía la tuya! Usas los besos como bálsamo para purificar cristalinas aguas. Estupidez, las hojas caen secas y tú te secas en el suelo; la humedad de la tierra te absorbe y succiona de tus poros la esencia. Se va la esencia y me voy con ella. Un sonido dulce -como la miel de la colmena- se deja caer y, en mi oído, grita las palabras más melifluas que espero no volver a escuchar. Se desvanecen los árboles, los pájaros vuelan y se hunde en tus uñas el pasto desesperado. Y tú ¿¡Qué más quieres!? ¿Qué mereces? Comienzan a abundar los sueños y abundan las frustraciones que perturban y termino por arrugar el papel y lanzarlo con la fuerza más absoluta que existió alguna vez para que salga del eje. Intranquilo mi eje, metamorfoseado por tus palabras con filo, cortantes e hirientes como los vidrios de un espejo y los siete años de mala suerte que conllevan el gobierno de un soldado o la asunción de la virgen (¿Virgen?) Necesito un respiro. El aire: me asfixia, la gravedad me aburre. Grave tu voz, tus ojos que no me tocan, graves los delirios que te ahogan. Grave tu silueta falsa, tu silueta oscura. Larga como las cuerdas tuyas, guitarra. Tuyo el marchito cielo y el dolor latente de mi boca helada; fría ¡congelada! El hielo se derrite con tus ojos, pero ellos no me tocan, no me llegan. Tuyo el aturdimiento de una noche veraniega, de una brisa, de una vida. La negligencia es de mis uñas que arañan la madera y buscan lo que no encuentran. Es mía y es tuya. El ahora es repartir lo que nos queda y seguir. Sube al tren, ¡Sube! Ven y vive lo que queda de esto que os quema, no escondas el rostro en la hierba. Y mis delirios te bañan y te ahogan...}



PD: Lo que surgió de una clase, hace algún tiempo. Me trae buenos recuerdos. Lo había publicado antes. ¿Y qué?

viernes, 30 de mayo de 2008

Nada especial. Una mano, tal vez dos. El maldito sol quemándole las pestañas. Ella no usa protección. Se está arrancando, quizás cuantos la persiguen en este minuto. Baja un pie y suspira. Apoya el otro y observa. Dice un par de cosas sin importancia, parece como si se las dijera al aire, pero en realidad le habla a su co-piloto, que dormitaba después de unas cuantas horas de viaje. Se toca el pelo con una mano mientras con la otra saca un cigarrillo y lo pone en su boca. Le gusta cuando el humo está en la boca. Le gusta jugar con el humo y su lengua. A veces se descubre haciéndolo sin darse cuenta. Baja del auto y bota el humo. Le pide a su compañera que saque las gafas que están en la guantera y se las pone inmediatamente; odia el sol en la cara (¿quién no, ah?).
En su cabeza un vacío. No, dos vacíos. Le cuesta concentrarse en otra cosa que no sea el humo del cigarrillo prendido en su boca. Debe ser porque le gusta mucho. O por evadir, es probable también. Su pecho se infla, se desvanece. Sus manos se suavizan y se hacen asperas. "La metamorfosis" piensa ella en su infinita ingenuidad. Las caderas le arden y a su lado los ojos de un perro moribundo brillan mientras la observa fumar. Aquella mujer carente que la acompaña no se imagina lo que provoca. Aún cuando sigue pensando en su metamorfosis la invita a fumar y conversar. Al minuto ella le está contando su hazaña, el por qué, mientras la delicada muchacha de los ojos de perro agónico sufre y se contorsiona por el testimonio.
Una dulce historia de pañuelos y cigarros, si es que me explico. Sólo les faltaba el viento. Pero no se apresuraban, ya llegaría. Subieron al auto, nuevamente, ella se acomodó en el asiento piloto y apoyó sus manos en el manubrio y su tripulación al lado, siempre atenta de sus moviemientos de animal. Recordaron que llevan prisa, así que sin más partieron juntas. Jamás volvieron a ser una.




martes, 1 de abril de 2008


Con un par de estúpideces sin sentido para intimidar al vértigo, nos saludamos. Ella llevaba un sombrero bajo el brazo y yo un volantín en el corazón. Eramos unos perfectos extraños que casualmente un paso a la izquierda y otro al frente nos hicieron conversar.
{Pero es algo que ella desconoce}
UN, dos, TRES.Y denuevo el tiempo. Me sonríe y yo le devuelvo un bofetón. "No vuelvas a hacer eso" Le escucho decir, pero ya era demasiado tarde para volver la cabeza y lanzar el escupo que hubiese querido.
Yo la amaba.
{Pero es algo que ella desconoce}
Detrás de la ventana me escondía, cobarde en mi infinidad, y ella me buscaba, imbécil como es ella. Bien debes saberlo. Tenía sebo en sus riñones, yo por eso la amaba. Además, su aroma a asfixia, a fluidos de dolor, realmente me electriza. Tan idiota como siempre, tropieza con mis piernas y cae al piso. Mientras su cara se llena de sangre yo la levanto y la beso. Luego procedo a darle el segundo bofetón. "Por favor, quédate" Pero ya era demasiado tarde para levantar mis trozos esparcidos en la habitación. Yo la amé. Y me amé con ella. Pero ella jamás lo supo. Es algo que ella desconoce.




{- Hey, hay algo que debes saber - digo.
- Dime, te escucho siempre.
- Es que no entiendes, hay algo que desconoces.
- Si fuera por aquel detalle, la vida tendría nombre de hombre - su sonrisa en mi cara.
- Es cierto. ¿Te das cuenta?
- Mucho más que tú, infeliz.}


viernes, 28 de marzo de 2008

CLASE DE INFORMÁTICA

"A Don Luis, por ejemplo, le quiero enviar el programa..." Él habla y a mi no me importa. Su voz es áspera y su sonrisa detestable. Se ríe. De mi, de el que está más allá, del de atrás. Su voz de persona no me alcanza, resvala en el momento en que va a tocar mi piel de muchacha; choca con los cables del cuarto, con los enchufes, con las entradas. Le llama "amigo" a quien se encuentra a mi lado; descaradamente se atreve a decirle "amigo". Debo actuar mi presencia. En realidad no estoy. Es que no me importa, simplemente. El busca entre las caras de la sala aquellas que no ponen atención, que no lo miran mientras habla, así que intento tipear las letras mientras veo la pizarra. Debo guardar el documento de vez en cuando por si se me acerca mucho el infeliz. ¿Que cómo sé que es infeliz? Porque tiene los ojos tristes. Porque cuando sonríe no cierra los ojos. Me detuve un momento. Quiero que piense que lo escucho, pero aún mientras lo miro, no dejo de pensar en su asquerosa sonrisa de maricón. Un maricón de tomo y lomo. No como los de ahora, que se hacen los maricones, no. Como los de antes, los de verdad. Vuelve a burlarse de nosotros porque obtuvimos malas calificaciones, eso le gusta, sin embargo ni siquiera eso lo hace feliz. Se le nota en la posición de sus cejas, en el movimiento de sus manos, en la forma en que llama a todos "amigo". ¡Yo no soy su amigo! y debería saberlo. La verdad es que no me importa serlo. Y ahora viene hacia acá. ¡Que asco! se acerca. Y mueve sus manos con desdicha y desencanto. Yo no tengo la culpa de su frustración en la vida. Yo no tengo culpa de que sea infeliz, se lo buscó él, por ser un maricón como es.

miércoles, 26 de marzo de 2008


El panorama del día de hoy: ser desapercibidos sociales.

Que nadie te note, me note. No te identifico, disculpa. ¿Eres árbol, pasto o ser? No respondas, la verdad es que no me importa. Miro a mi lado y veo masas. Amebas brillando, muchas, todas. ¿Y cómo puedo desapercibirme a mi?

Escucho un leve murmullo... algo molesto, algo continuo. ¡Ah, eres tú, mosquito! No, el mosco no es. Sigue zumbando, pero no es un zumbido. Sigue palpitando, pero en realidad no palpita. ¡Ah, eres tú, brazo! No, no es el brazo. Y se mueve, se derrumba, se arma a mi lado. ¿Qué es? - Mientras, en el piso, yace el cuerpo de otro desapercibido social que ha fenecido en el intento incesante, en la lucha continua, de desapercibirse a él mismo-.

Se ha perdido la línea entre la realidad y la ficción, pero qué más da si, en realidad, ya hemos perdido hasta el sueño. Y si la dibujamos no sería real, no estaría. Ser y estar o no.

¿O no?


P.D: Para las personas que intenten entender lo que se escribe en este humilde blog: NO LO HAGAN, los últimos que trataron terminaron dentro de una tubería barriendo el patio de los gnomos que viven en el piso de arriba. Me gusta la foto. ¿Y qué? perfecto.

lunes, 17 de marzo de 2008

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Azules...

Tierra en las manos, una puerta al fondo, la sombra de una letra pegada en el paladar, mordisqueada y absurda, imbécil. En el rostro taciturno una mañana azul. El viento, el hambre, el sueño. Todo se recoge lento y ambiguo, todo se recoge...

__________________Una noche blanca se llena.


NO QUIERO, NO QUIERO.

Azul la mano que abre la puerta y envenena su camino, su atajo. Un atajo que se esconde. Lo ves? sigue caminando, respeta la leyes de tránsito, no infrinjas, no. Lo ves? Camina derecho, dobla. Hazme caso, juicio es lo que careces.

Y la mano cae sobre las hojas secas________________________




Nada se conecta de forma artificial. Nada se hace. Nada se nace y así mismo morirá. Y no lo notarás ni tú, ni él, ni yo, ni aquel. Esa es la perfección... la recuerdas?

miércoles, 13 de febrero de 2008

SOBREDÓSIS

La música comenzaba a flotar y el pelo se movía paciente y distraído a su ritmo. La mirada perdida era la señal: empezaba el trance; el viaje: ondas, colores, olores y amores, tristezas, disgustos, temores, recuerdos. Se dejaba llevar y fluía. Era conmovedor ver su rostro de niña, con los oídos dispuestos a atacar y devorar y los poros abiertos para dejar entrar. La piel de gallina y las pupilas en el lugar equivocado. Y seguía escuchando y las lágrimas se disponían a salir y la sonrisa se le tallaba espontánea. Las notas avanzan; se desenvuelven los sonidos y rodean su cuerpo, primero sus brazos, va subiendo lentamente hasta llegar a los hombros y de ahí baja hasta las caderas, le parliza los movimientos con descaro. Y suenan los tambores dentro de su estómago que se abulta con el sonido encerrado. Y llega a sus pies transformado en sangre que brota, tibia, roja, espesa, y viaja y pasea por entre los dedos y vuelve a subir. Y llega, de repente, a su cabeza y las lágrimas caen y tocan las mejillas y les ponen sal y la sal se absorve y entra por los poros junto a la armonía del sonido y toca los músculos y la carne y el verbo. Todo es tan conmovedor que grita de alegría , de furia contenida, grita por las mentrias, por las trampas, grita de felecidad por el placer de la música, por la vida. Y se araña la piel con su lengua, se hiere con la saliba que de pronto se hizo ácido, que brota de la boca, la bota con asco. Sin embargo el ácido entra. Le entra por los poros que se mantienen abiertos, respirando el aire que nadie respeta. Y llora y escupe y sufre y se paraliza y la música que vuelve y vuela y la enreda. Se abren las ataduras y los brazos se mueven y saltan y bailan y su pelo revuelto en el suelo y sus poros tragando todo lo que viaja y lo que no. Y de pronto todo cesa. Respira hondo y abre los ojos. Ha llegado.

domingo, 13 de enero de 2008

EL NÁUFRAGO

La arena caliente quema su espalda y lo disfruta, un sudor sedante le baña el rostro moreno, va desde la cien lentamente bajando por la cabeza, esquivando la selva que es su cabello descuidado. Por el otro lado, la gota sudorífera se va por detrás de la oreja, tan despacio, tan despacio, le moja el cuello y luego cae en la arena. El sol en los ojos; los párpados intentan protegerlos, pero él desea ver. No quiere cerrar los ojos. Prefiere el sol que no ver. En su mente se pasean las ideas retorcidas de las noches anteriores, pocas cosas recuerda ya. Ha pasado algo de tiempo y su memoria colectiva es de poca capacidad de resistencia. Hace esfuerzos por descubrir lo que pasó, tan drástico, que lo tiró como un trozo de esquelético pescado en aquella playa desierta y calurosa. La ropa: una pista. Ya no trae zapatos (¿zapatos? ¿Zapatillas, quizás?) La polera roja está sucia, tiene manchas en el pecho. El pantalón… ¡El pantalón! Ya no hay pantalón, pero le queda la bermuda que usa como traje de baño. Dentro de su bóxer baila la arena, incómodamente. Las ondas del sol llegan como jabalinas en su estómago, que comienza a sudar también. Un flash en su cabeza: los ojos se abren, la mano sacude el sudor de la frente y los párpados no dejan de pestañar. La otra mano apoyada en la arena, el tronco diagonal, la boca semiabierta exhalando aquel olor pútrido que se empeora con los días. Y pasan y pasan días. Conoce algo de lo que sucedió, el puntapié inicial. En ese minuto unas convulsiones endemoniadas se apoderan de su cuerpo, hacen que el brazo pierda el equilibrio y cae, nuevamente, tumbado en la arena, la que se escabulle dentro de su ropa sucia, como él. Con electrochoques en el cuerpo, queda tirado. Antes de que terminen, introduce la mano en el bolsillo de la bermuda caribeña, en un desesperado intento, pero antes de conseguirlo ya está inconciente, otra vez. La delgadez de su cuerpo me hace pensar que lleva varios días sin comer o beber algo. Los ataques son paulatinamente más desgarradores, lo que atrae cada vez a más público. Algunas veces, cuando no estoy vigilando, se filtra gente hasta la playa, se toma fotos con el hombre inconciente y, una que otra vez, le roban alguna pertenencia, de las pocas que le quedan. Luego tendré que ir a darle algo de comer, si muere perdería mi trabajo y no es lo quiero.