"A Don Luis, por ejemplo, le quiero enviar el programa..." Él habla y a mi no me importa. Su voz es áspera y su sonrisa detestable. Se ríe. De mi, de el que está más allá, del de atrás. Su voz de persona no me alcanza, resvala en el momento en que va a tocar mi piel de muchacha; choca con los cables del cuarto, con los enchufes, con las entradas. Le llama "amigo" a quien se encuentra a mi lado; descaradamente se atreve a decirle "amigo". Debo actuar mi presencia. En realidad no estoy. Es que no me importa, simplemente. El busca entre las caras de la sala aquellas que no ponen atención, que no lo miran mientras habla, así que intento tipear las letras mientras veo la pizarra. Debo guardar el documento de vez en cuando por si se me acerca mucho el infeliz. ¿Que cómo sé que es infeliz? Porque tiene los ojos tristes. Porque cuando sonríe no cierra los ojos. Me detuve un momento. Quiero que piense que lo escucho, pero aún mientras lo miro, no dejo de pensar en su asquerosa sonrisa de maricón. Un maricón de tomo y lomo. No como los de ahora, que se hacen los maricones, no. Como los de antes, los de verdad. Vuelve a burlarse de nosotros porque obtuvimos malas calificaciones, eso le gusta, sin embargo ni siquiera eso lo hace feliz. Se le nota en la posición de sus cejas, en el movimiento de sus manos, en la forma en que llama a todos "amigo". ¡Yo no soy su amigo! y debería saberlo. La verdad es que no me importa serlo. Y ahora viene hacia acá. ¡Que asco! se acerca. Y mueve sus manos con desdicha y desencanto. Yo no tengo la culpa de su frustración en la vida. Yo no tengo culpa de que sea infeliz, se lo buscó él, por ser un maricón como es.
viernes, 28 de marzo de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
Te caía mal? :D
Publicar un comentario