La arena caliente quema su espalda y lo disfruta, un sudor sedante le baña el rostro moreno, va desde la cien lentamente bajando por la cabeza, esquivando la selva que es su cabello descuidado. Por el otro lado, la gota sudorífera se va por detrás de la oreja, tan despacio, tan despacio, le moja el cuello y luego cae en la arena. El sol en los ojos; los párpados intentan protegerlos, pero él desea ver. No quiere cerrar los ojos. Prefiere el sol que no ver. En su mente se pasean las ideas retorcidas de las noches anteriores, pocas cosas recuerda ya. Ha pasado algo de tiempo y su memoria colectiva es de poca capacidad de resistencia. Hace esfuerzos por descubrir lo que pasó, tan drástico, que lo tiró como un trozo de esquelético pescado en aquella playa desierta y calurosa. La ropa: una pista. Ya no trae zapatos (¿zapatos? ¿Zapatillas, quizás?) La polera roja está sucia, tiene manchas en el pecho. El pantalón… ¡El pantalón! Ya no hay pantalón, pero le queda la bermuda que usa como traje de baño. Dentro de su bóxer baila la arena, incómodamente. Las ondas del sol llegan como jabalinas en su estómago, que comienza a sudar también. Un flash en su cabeza: los ojos se abren, la mano sacude el sudor de la frente y los párpados no dejan de pestañar. La otra mano apoyada en la arena, el tronco diagonal, la boca semiabierta exhalando aquel olor pútrido que se empeora con los días. Y pasan y pasan días. Conoce algo de lo que sucedió, el puntapié inicial. En ese minuto unas convulsiones endemoniadas se apoderan de su cuerpo, hacen que el brazo pierda el equilibrio y cae, nuevamente, tumbado en la arena, la que se escabulle dentro de su ropa sucia, como él. Con electrochoques en el cuerpo, queda tirado. Antes de que terminen, introduce la mano en el bolsillo de la bermuda caribeña, en un desesperado intento, pero antes de conseguirlo ya está inconciente, otra vez. La delgadez de su cuerpo me hace pensar que lleva varios días sin comer o beber algo. Los ataques son paulatinamente más desgarradores, lo que atrae cada vez a más público. Algunas veces, cuando no estoy vigilando, se filtra gente hasta la playa, se toma fotos con el hombre inconciente y, una que otra vez, le roban alguna pertenencia, de las pocas que le quedan. Luego tendré que ir a darle algo de comer, si muere perdería mi trabajo y no es lo quiero.
domingo, 13 de enero de 2008
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