viernes, 30 de mayo de 2008

Nada especial. Una mano, tal vez dos. El maldito sol quemándole las pestañas. Ella no usa protección. Se está arrancando, quizás cuantos la persiguen en este minuto. Baja un pie y suspira. Apoya el otro y observa. Dice un par de cosas sin importancia, parece como si se las dijera al aire, pero en realidad le habla a su co-piloto, que dormitaba después de unas cuantas horas de viaje. Se toca el pelo con una mano mientras con la otra saca un cigarrillo y lo pone en su boca. Le gusta cuando el humo está en la boca. Le gusta jugar con el humo y su lengua. A veces se descubre haciéndolo sin darse cuenta. Baja del auto y bota el humo. Le pide a su compañera que saque las gafas que están en la guantera y se las pone inmediatamente; odia el sol en la cara (¿quién no, ah?).
En su cabeza un vacío. No, dos vacíos. Le cuesta concentrarse en otra cosa que no sea el humo del cigarrillo prendido en su boca. Debe ser porque le gusta mucho. O por evadir, es probable también. Su pecho se infla, se desvanece. Sus manos se suavizan y se hacen asperas. "La metamorfosis" piensa ella en su infinita ingenuidad. Las caderas le arden y a su lado los ojos de un perro moribundo brillan mientras la observa fumar. Aquella mujer carente que la acompaña no se imagina lo que provoca. Aún cuando sigue pensando en su metamorfosis la invita a fumar y conversar. Al minuto ella le está contando su hazaña, el por qué, mientras la delicada muchacha de los ojos de perro agónico sufre y se contorsiona por el testimonio.
Una dulce historia de pañuelos y cigarros, si es que me explico. Sólo les faltaba el viento. Pero no se apresuraban, ya llegaría. Subieron al auto, nuevamente, ella se acomodó en el asiento piloto y apoyó sus manos en el manubrio y su tripulación al lado, siempre atenta de sus moviemientos de animal. Recordaron que llevan prisa, así que sin más partieron juntas. Jamás volvieron a ser una.