lunes, 22 de marzo de 2010

Los labios quebrados, tantas historias por contar. El mar, la sal, la piel cancerosa de los párpados mojados, las escamas resbalosas de un niño dentro de una caja de zapatos, la astrología. La risa, la brisa, su cara. El niño hecho de espacio, tenía una galaxia en la cabeza, sus manos giraban en la órbita y le abrían paso. Su escamosa piel, tan triste, le recordaba que había nacido para avanzar. Cruzar, la calle estaba tan lejos, lejano todo lo que no le pertenecía. Un brazo, tan tierno, su mar, su sal, su piel y cáncer en las venas, se congelaba la idea de ingenuidad intocable y una nerviosa conversación debe salir a flote. Él ya no volverá a casa; su madre, tan buena, le espera con la comida caliente, pero él ya no volverá. Se queda en su caja de cartón esperando alcanzar lo que tan lejano le parece. Llegará el invierno y él comienza su primera guerra.
Luchar, crear, comer la comida que su madre le prepara es el incentivo principal, llegar a casa parece formidable. El desea crecer, conocer, creer otra vez, crear espacios, utilizar la mente de galaxia que posee. Estrellar su nave en la muralla china y cruzar descalzo el mundo lejano que nunca le perteneció. Todo se escucha muy amable cuando se lee de unos labios puros, pero sus labios no son puros. El niño hecho de espacio, por muy afortunado que parezca, está sumido en su tristeza, esa que siente dentro de su cajita de zapatos cuando hace frío en la ciudad. Él no ríe, nunca juega. Le falta un pedacito que busca incesante. Un trozo, esbozo de piel, con miel se cubre el cuerpo para camuflarse en las calles de asfalto crudo que detallan el paisaje que enamora al niño hecho de espacio. El eco de sus palabras es mudo. Por más que levante esa voz astral nadie parece oírle, una frecuencia distinta ocupan sus cuerdas espaciales y baja una vez más la cabeza porque aunque esté bañado en miel nadie parece verle, sentirle, nadie se percata de la galaxia que lleva encima.
La lucha es inclemente. El maléfico cáncer avanza por su cuerpo galáctico, pero él ya le perdió el rastro. Se le agotan las fuerzas al niño espacial y piensa en la comida caliente que le espera al volver. Se esconde, silencioso como siempre y como nunca, en su cajita de zapatos para protegerse de ti y de mí, de los que no le vemos. Tan valiente, se levanta a diario, con los pies descalzos y el alma violeta, para continuar las batallas horribles que debe vivir. ¡El niño hecho de espacio te lleva la ventaja! Y con su piel tan triste pasa por tu costado y hueles ese aroma que se fuga de la galaxia. Ese aroma se te pega, pero el niño, en un silencio infinito que lo llena todo, se lo lleva, y te quita un pedacito, por si es eso lo que busca.
Algún día te veré por mi ventana dormitando en tu cajita de zapatos. Algún día la galaxia que cargas en tu cabeza será descubierta y el universo que tenemos juntos volverá a ser seguro. Algún día tú y yo, niño hecho de espacio, volveremos a sentarnos en silencio y comerás con la tristeza que recuerdo la comida caliente que todavía te espera en la mesa.

1 comentario:

axolotl dijo...

Que manera de crecer. Que distancia. Que cercanía al leerte.

Te quiero!