Estaba escuchando "sunday morning", caminando por una calle donde la luz se mezclaba con las hojas que se ponían de color marrón lentamente, en la espalda llevaba una mochila con bastantes hojas llenas de palabras que en su conjunto, y muy imaginariamente, formaban cosas lógicas que en algún momento leería.Tenía puestos unos grandes lentes oscuros, aunque el sol era suave y, prácticamente, me acariciaba la piel. Una brisa venía repentina para soplarme la ropa. Yo me dirigía a un café donde me encontraría con alguien a quien deseaba ver más que a nadie.
La calle, la música, el sol. Todo era perfección.
Llegué al café donde nos encontraríamos; a él le gustaba porque tiene unos ventanales muy grandes, y daba la sensación de seguir estando afuera. Ahora sonaba "Venus in Furs" y yo me sentaba frente a la gran ventana a esperarlo. Desde ese lugar podía ver la construcción de un gran edificio en la calle del frente; algunos de quienes trabajaban ahí se sentaban a la orilla de la vereda a tomar algún refresco y, de paso, piropear a alguna mujer que osara a cruzarse en su camino, por lo general de esas que usan tacos negros (y los cruzan al caminar), llevan una mano en el tirante de la cartera y la otra afirma el celular cerca del oido para entablar alguna conversación. Por supuesto, ese tipo de mujeres no se halagan, más bien lo consideran acoso, un abuso.
También cruzan la cuadra un grupo de escolares, todas uniformadas, sus faldas plizadas tan insinuantes, calcetines gruesos, grises, largos, hasta la rodilla, zapatos negros y sucios, de zuela plástica amarilla. La cabeza llena de pinches y las risas pegadas a la boca, aunque de repente sueltan unas carcajadas que se escuchan a lo lejos. Todas con sus mochilas caminando hacia el paradero más "cercano". Lo puse entre comillas porque, a veces, no les importa caminar más por acompañarse, entonces el "cercano" es relativo. Se cuentan cosas que no alcanzo a escuchar pero que me imagino vivamente...
"...Ya po, tontas, escúchenme; cuando el Claudio le contó eso, la Maca estaba más nerviosa, entonces le dijo que no, que no era verdad (y las otras niñas se ríen)... ¡Ya po, si es en serio! La maca se hizo la tonta y le dijo que no era verdad, pero yo cacho que el Claudio no le creyó porque..."
No sé. Se me ocurren tantas cosas más.
La canción terminó y empezó a sonar "Nowhere at all"; nunca me han gustado los "best of" pero el de los Velvet Underground es uno que considero obligatorio llevar en el reproductor de música. Con la canción apareció , por fuera del ventanal, una pareja, probablemente sean un matrimonio. Iban de la mano, probablemente llevaban mucho tiempo tomándose la mano. Me pongo a pensar en el tiempo, un tema recurrente en mi vida. A pesar de haber tenido un buen "ejemplo" sobre los matrimonios, me cuesta creer en ellos. Son tan preparados, es decir, ¿cómo alguien puede elegir a una sola persona para pasar el resto de su vida juntos? Me parecen una hipocresia enorme, una idealización del amor, una creación del hombre, en suma; ensucian el sentimiento con conceptos funcionales, prácticos, "la sociedad conyugal", "la mujer de...", "el hombre de...", todo muy falso realizado en una ceremonia que se espera que sea el día más feliz de la vida. Por si no me explico bien, creo que son útiles, pero ¿por qué mezclarlos con el amor, con lo eterno? (¿existe algo eterno?) Bien, la pareja entró en el café: ella sacó una agenda de su cartera de cuero medio desgastada, como su piel, y el encendió el cigarrillo. Parecía sacar cuentas, muy concentrada en lo que anotaba y lo que meditaba. Cada cierto tiempo levantaba la mirada y preguntaba algo a su pareja; luego volvía a la agenda. Empezó a sonar "Walk on the wild side", quizá una de mis canciones favoritas. Dejé de pensar en la pareja un rato, mientras sonaba la canción "hey honey, take a walk on the wild side..." "...tu turú turú tuturu tú". No terminé de darme cuenta cuando ya estaba sonando "How do you think it feels", entonces llegó el mesero y me preguntó si quería algo más. Me saqué el audifono y le contesté que no, tratando de responder a su amabilidad con una sonrisa, que aún me quedaba café. Y recordé que lo estaba esperando.
Habían pasado casi veinte minutos desde que había llegado al café, había escuchado más de la mitad de un disco de esos "best of" y todavía estaba sentada, esperando, mirando por la ventana gigante a la gente de afuera.
Pasó una señora, bastante mayor, vestida con un delantal rojo con cuello blanco inmaculado y un sombrerito de enfermera (me parece que se llama cofia) que se afirmaba con un par de pinches negros al pelo. El rouge que llevaba puesto en los labios se notaba un poco tiritón (mis teorías son dos: una es que, con la edad, le salieron arrugas en los labios y, por causa de estos "baches" no podía pintárselos sin salirse de la raya y dos, parkinson). Andaba con unas medias blancas, que notoriamente eran más grandes que sus piernas, y una cartera de cuerina blanca, tan flacuchenta como ella misma. Puedo imaginar lo que llevaba dentro: un rouge rojo intenso, probablemente sucio con pelusas de la cartera, pañuelos desechables, un monedero de cuero gastado con monedas de todos los tamaños y años. Una billetera con documentos, fotos de nietos, hijas, hijos, cuñados, tíos, primos, hermanas y hermanos y cuanto familiar se haya scado una foto. Dulces; muchos dulces, de anís, de menta, de manjar envueltos en un papel brillante de color dorado. Tantas cosas inservibles, cachureos diminutos que entran sólo en una cartera como esa. Una completa dimesión desconocida, llena de pelusas, insisto. La mujer camina pasito a pasito, con la columna medio encorvada pero con el mentón en alto, porque llevaba todos esos años encima con orgullo. Con el orgullo de ser una enfermera de la cruz roja, que recauda dinero para socorrer a los enfermos porque es su vocación, pero que está ligada a la socialité de su respectiva época. Que, a pesar de los años, lleva con orgullo su delantal rojo. Bruscamente se terminó la canción y la señora se dio vuelta a mirarme, porque seguramente sintió como mis ojos le acechaban el cuerpo escurridizo tapado con el delantal. Comenzó "Wild Child" y yo corrí rápido la cara para no ruborizarme al haber sido descubierta. Tardó un poco en desaparecer del ventanal, mientras yo prendí un cigarrillo, el último Pall Mall que me quedba de la cajetilla de diez que me había encontrado afuera del Hotel O'Higgins hace dos días. No quería mirarla, así que vi nuevamente a la pareja, que ahora comían el menú del día y conversaban esporádicamente. Cuando el hombre me descubrió husmeando, volví al ventanal y ya no había ninguna enfermera de dudosa edad. Llegó nuevamente el mesero, esta vez con un cenicero en las manos que dejó sobre la mesa y, con su eterna sonrisa de "que bueno verte acá", me preguntó si necesitaba algo más (mientras cruzaba sus manos por la espalda). Esta vez le respondí que necesitaba que la persona que estaba esperaando llegase y el soltó una risita pequeña, casi porque le obligué a escuchar un chiste bastante fome. Se fue de la mesa y llegó "Berlin", una canción que hacía mucho contraste con el día. Luego sonó "Coney Island Baby" y el cigarro ya se me acababa. Lo más terrible de los Pall Mall, es que cuando llegas al final nunca puedes terminarlo bien. Le "pegué" una última quemada y lo apagué en el cenicero que había traido el tipo. Quise volver al ventanal y vi que, radiante, entraba él. Su rostro no sabía que lo esperaba hace más de media hora y, aunque lo supiera, no podía sacarse esa sonrisa típica que es tan suya. Entró al café sonriendo y sacándose una bufanda que traía en el cuello. Dejó la mochila en el respaldo de la silla, me dio un beso alegre y se sentó en frente de mi. Con su mirada risueña trató de darme alguna exlicación que no me importaba entender.
Empezó a sonar "I love you, Suzzane", pero ya no me interesaba oirla. Apagué el reproductor y me quité los audífonos. el se desabrochó la chaqueta y llegó el mesero.
- Yo quiero un expresso. ¿Y tú? - me miró atento.
- Yo quiero un mocaccino... ése es el que tiene chocolate, ¿o no?
La calle, la música, el sol. Todo era perfección.
Llegué al café donde nos encontraríamos; a él le gustaba porque tiene unos ventanales muy grandes, y daba la sensación de seguir estando afuera. Ahora sonaba "Venus in Furs" y yo me sentaba frente a la gran ventana a esperarlo. Desde ese lugar podía ver la construcción de un gran edificio en la calle del frente; algunos de quienes trabajaban ahí se sentaban a la orilla de la vereda a tomar algún refresco y, de paso, piropear a alguna mujer que osara a cruzarse en su camino, por lo general de esas que usan tacos negros (y los cruzan al caminar), llevan una mano en el tirante de la cartera y la otra afirma el celular cerca del oido para entablar alguna conversación. Por supuesto, ese tipo de mujeres no se halagan, más bien lo consideran acoso, un abuso.
También cruzan la cuadra un grupo de escolares, todas uniformadas, sus faldas plizadas tan insinuantes, calcetines gruesos, grises, largos, hasta la rodilla, zapatos negros y sucios, de zuela plástica amarilla. La cabeza llena de pinches y las risas pegadas a la boca, aunque de repente sueltan unas carcajadas que se escuchan a lo lejos. Todas con sus mochilas caminando hacia el paradero más "cercano". Lo puse entre comillas porque, a veces, no les importa caminar más por acompañarse, entonces el "cercano" es relativo. Se cuentan cosas que no alcanzo a escuchar pero que me imagino vivamente...
"...Ya po, tontas, escúchenme; cuando el Claudio le contó eso, la Maca estaba más nerviosa, entonces le dijo que no, que no era verdad (y las otras niñas se ríen)... ¡Ya po, si es en serio! La maca se hizo la tonta y le dijo que no era verdad, pero yo cacho que el Claudio no le creyó porque..."
No sé. Se me ocurren tantas cosas más.
La canción terminó y empezó a sonar "Nowhere at all"; nunca me han gustado los "best of" pero el de los Velvet Underground es uno que considero obligatorio llevar en el reproductor de música. Con la canción apareció , por fuera del ventanal, una pareja, probablemente sean un matrimonio. Iban de la mano, probablemente llevaban mucho tiempo tomándose la mano. Me pongo a pensar en el tiempo, un tema recurrente en mi vida. A pesar de haber tenido un buen "ejemplo" sobre los matrimonios, me cuesta creer en ellos. Son tan preparados, es decir, ¿cómo alguien puede elegir a una sola persona para pasar el resto de su vida juntos? Me parecen una hipocresia enorme, una idealización del amor, una creación del hombre, en suma; ensucian el sentimiento con conceptos funcionales, prácticos, "la sociedad conyugal", "la mujer de...", "el hombre de...", todo muy falso realizado en una ceremonia que se espera que sea el día más feliz de la vida. Por si no me explico bien, creo que son útiles, pero ¿por qué mezclarlos con el amor, con lo eterno? (¿existe algo eterno?) Bien, la pareja entró en el café: ella sacó una agenda de su cartera de cuero medio desgastada, como su piel, y el encendió el cigarrillo. Parecía sacar cuentas, muy concentrada en lo que anotaba y lo que meditaba. Cada cierto tiempo levantaba la mirada y preguntaba algo a su pareja; luego volvía a la agenda. Empezó a sonar "Walk on the wild side", quizá una de mis canciones favoritas. Dejé de pensar en la pareja un rato, mientras sonaba la canción "hey honey, take a walk on the wild side..." "...tu turú turú tuturu tú". No terminé de darme cuenta cuando ya estaba sonando "How do you think it feels", entonces llegó el mesero y me preguntó si quería algo más. Me saqué el audifono y le contesté que no, tratando de responder a su amabilidad con una sonrisa, que aún me quedaba café. Y recordé que lo estaba esperando.
Habían pasado casi veinte minutos desde que había llegado al café, había escuchado más de la mitad de un disco de esos "best of" y todavía estaba sentada, esperando, mirando por la ventana gigante a la gente de afuera.
Pasó una señora, bastante mayor, vestida con un delantal rojo con cuello blanco inmaculado y un sombrerito de enfermera (me parece que se llama cofia) que se afirmaba con un par de pinches negros al pelo. El rouge que llevaba puesto en los labios se notaba un poco tiritón (mis teorías son dos: una es que, con la edad, le salieron arrugas en los labios y, por causa de estos "baches" no podía pintárselos sin salirse de la raya y dos, parkinson). Andaba con unas medias blancas, que notoriamente eran más grandes que sus piernas, y una cartera de cuerina blanca, tan flacuchenta como ella misma. Puedo imaginar lo que llevaba dentro: un rouge rojo intenso, probablemente sucio con pelusas de la cartera, pañuelos desechables, un monedero de cuero gastado con monedas de todos los tamaños y años. Una billetera con documentos, fotos de nietos, hijas, hijos, cuñados, tíos, primos, hermanas y hermanos y cuanto familiar se haya scado una foto. Dulces; muchos dulces, de anís, de menta, de manjar envueltos en un papel brillante de color dorado. Tantas cosas inservibles, cachureos diminutos que entran sólo en una cartera como esa. Una completa dimesión desconocida, llena de pelusas, insisto. La mujer camina pasito a pasito, con la columna medio encorvada pero con el mentón en alto, porque llevaba todos esos años encima con orgullo. Con el orgullo de ser una enfermera de la cruz roja, que recauda dinero para socorrer a los enfermos porque es su vocación, pero que está ligada a la socialité de su respectiva época. Que, a pesar de los años, lleva con orgullo su delantal rojo. Bruscamente se terminó la canción y la señora se dio vuelta a mirarme, porque seguramente sintió como mis ojos le acechaban el cuerpo escurridizo tapado con el delantal. Comenzó "Wild Child" y yo corrí rápido la cara para no ruborizarme al haber sido descubierta. Tardó un poco en desaparecer del ventanal, mientras yo prendí un cigarrillo, el último Pall Mall que me quedba de la cajetilla de diez que me había encontrado afuera del Hotel O'Higgins hace dos días. No quería mirarla, así que vi nuevamente a la pareja, que ahora comían el menú del día y conversaban esporádicamente. Cuando el hombre me descubrió husmeando, volví al ventanal y ya no había ninguna enfermera de dudosa edad. Llegó nuevamente el mesero, esta vez con un cenicero en las manos que dejó sobre la mesa y, con su eterna sonrisa de "que bueno verte acá", me preguntó si necesitaba algo más (mientras cruzaba sus manos por la espalda). Esta vez le respondí que necesitaba que la persona que estaba esperaando llegase y el soltó una risita pequeña, casi porque le obligué a escuchar un chiste bastante fome. Se fue de la mesa y llegó "Berlin", una canción que hacía mucho contraste con el día. Luego sonó "Coney Island Baby" y el cigarro ya se me acababa. Lo más terrible de los Pall Mall, es que cuando llegas al final nunca puedes terminarlo bien. Le "pegué" una última quemada y lo apagué en el cenicero que había traido el tipo. Quise volver al ventanal y vi que, radiante, entraba él. Su rostro no sabía que lo esperaba hace más de media hora y, aunque lo supiera, no podía sacarse esa sonrisa típica que es tan suya. Entró al café sonriendo y sacándose una bufanda que traía en el cuello. Dejó la mochila en el respaldo de la silla, me dio un beso alegre y se sentó en frente de mi. Con su mirada risueña trató de darme alguna exlicación que no me importaba entender.
Empezó a sonar "I love you, Suzzane", pero ya no me interesaba oirla. Apagué el reproductor y me quité los audífonos. el se desabrochó la chaqueta y llegó el mesero.
- Yo quiero un expresso. ¿Y tú? - me miró atento.
- Yo quiero un mocaccino... ése es el que tiene chocolate, ¿o no?
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